Qué cicatriz más bonita tienes

Quizás no recuerdo todo lo que dije, suelo borrar lo que no me hace sentirme seguro de lo que digo. Solo me acuerdo de algo que sucedió cuando la vista, muy disimuladamente, entró en el juego. Por suerte no lo notó, pero yo llevaba un rato mirando y enamorándome de su pierna izquierda. Qué casualidad, otra vez la vida me volvía a poner los caminos en esa dirección que siempre me trae todo lo bueno que tiene el conocerse. Le volví a mirar a la cara, y le dije: "qué cicatriz más bonita tienes".

Entre todos los segundos que no sabía cómo comenzar a decirle las razones por las que solté el piropo sin ningún tipo de reparo, apareció una rebeldía en su cara que me hizo seguir adelante. Por fin, había conseguido ese aliciente que me faltaba para no rendirme, era una sonrisa. Nunca había valorado tanto una sonrisa como la de ella, siempre hay algo que te hace valorar los gestos comunes. Como bien decía, ese aliciente consiguió que arrancara, y le repetí la frase en busca de una sonrisa más extensa, esta vez con una retahíla sensacional que me provocaron el motivo por el que hablé y por el que seguí hablando. Que cicatriz más bonita se te queda cuando presumes de tus guerras ganadas al pie de un cañón que a ratos no dejaba prender su mecha. Cuando los trozos de papel están reconstruidos por tus manos y los "me quiero" son ahora tu estrategia más eficaz. Tus armas, aquellas que te sirven para defenderte del miedo a nosotros, son las únicas que no carga el diablo, el arte está en ti. Hay libros abiertos que te enseñan menos de lo que me dio su cara después de la retahíla. Ya había contado todos mis alicientes, tres sonrisas y media. La que nunca acabó fue por dejar pendiente la continuación de todo. Supe por primera vez que la reciprocidad existía.


El mar de mi ventana

-Gabriel Forgas

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