El crecimiento del odio

El crecimiento del odio

Una vez más, la humanidad ha vuelto a fallar frente a una situación que requería de tres únicos aspectos: serenidad, empatía y solidaridad.

Este pasado martes dieciocho de mayo se conocía la noticia de la llegada de numerosos grupos de migrantes marroquíes impulsados por la jefatura estatal de Mohammed VI a las costas de Ceuta.


La "invasión", como algunos lo llaman de forma alarmista con la intención de alimentar el odio de un pueblo, no es más que el fruto de la desesperación y el desconocimiento de seres humanos privados de cualquier oportunidad educativa, sanitaria o salarial.

Seres humanos que, ante el desespero, son capaces de afrontar desafíos como el de cruzar el estrecho nadando, y no solo eso, sino de ser capaces de arriesgar la vida de sus pequeños llevándolos con ellos.

Seres humanos que solo ansían un futuro lejos de sus fronteras, donde puedan construir una vida.


¿Por qué cuando se vulneran los derechos humanos ajenos se nos despierta el odio?


Como sociedad, se nos llena la boca hablando sobre los derechos humanos cuando los reivindicamos para nosotros mismos, pero cuando tenemos enfrente ejemplos que los vulneran, miramos hacia otro lado

o nos envalentonamos contra causas de crisis humanitarias con comentarios cínicos, alarmistas y descarados.

Estos comentarios creados a base de bulos son los que nos llevan a tratar al migrante como ser inferior y a rebajar nuestra tolerancia.

Detrás hay un interés político. Agitar el egoísmo y el miedo. Y sacar rendimiento. Ganar poder a base de la miseria humana. Pero esa no es la solución. Eso, solo nos conduce al caos.



Es necesario hacer un llamamiento a la concordia y al entendimiento en cuanto a la geopolítica, para evitar que gobiernos y jefaturas estatales actúen utilizando la desesperación y la ilusión de nuevas oportunidades de personas a las que tienen sometidas, para la negociación con otros estados. Los seres humanos no son un arma.



Lo más decepcionante de todo es que ninguno de los testimonios gráficos, como la fotografía del submarinista de la guardia civil que rescata de una muerte segura a un bebé, o las terribles imágenes de adolescentes aterrados y casi desnutridos que, no solo se han visto en Ceuta, sino que se viven cada día en las costas de nuestro país y de la unión europea, no consiguen despertar las suficientes conciencias ni dejar a un lado el discurso de “no se pueden quedar en nuestro país, son delincuentes”. Este discurso sigue predominando sin dejar espacio a la empatía ni a cualquier tipo de humanidad.


Ninguno de los 8000 migrantes tiene la culpa de la cruel e inhumana vida que les proporciona su jefe de estado. Hemos de cambiar su destino.


 

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